Empaca la bikini, ¡nos vamos a Bolivia!

La primera vez que pisamos suelo boliviano fue cuando llegamos a Copacabana en un micro que nos traía desde Puno, Perú. Puno y Copacabana son dos ciudades que están a la orilla del lago Titicaca, el lago navegable más alto del mundo con 3812 msnm. Tanto en Perú como en Bolivia los lugareños dicen que el ‘titi’ es el lugar en el que ellos se encuentran, y el ‘caca’ es la ciudad que está del otro lado del lago.

A pesar de estar ubicadas en un territorio de iguales características, Puno y Copacabana son bien diferentes una de la otra. Puno es una ciudad grande con muchos museos y mercados y el centro está alejado de la ciudad. Las visitas clásicas son a la Isla de Taquiles donde se puede visitar a la comunidad del lugar y las Islas de Uros, hechas enteramente de totora (junco). En cambio en Copacabana, todo está organizado en función del lago: hay excursiones para navegar el Titicaca en barco o en barquitos a pedal con forma de cisne, y también dentro de una pelota inflable cual hamster; una costanera con puestos de comida y bares con terrazas para ver el atardecer. La disposición de Copacabana invita a disfrutar del lago, y eso fue lo que hicimos.

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Nosotros elegimos navegar en uno de los barcos a pedal en forma de cisne
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Vista desde el calvario

La basílica de Copacabana es enorme! Hay una sala dedicada a las vírgenes patronas de cada país con flores debajo de cada una de las imágenes. En el caso de Argentina está la imagen de la Virgen de Luján.

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Basílica de Nuestra Señora de Copacabana

Después de una noche en Copacabana partimos hacia la Isla del Soooool (sí, cantamos; o mejor dicho, canté el tema todo el camino). Luego de casi dos horas de viaje en ferry llegamos al puerto y buscamos el hostal que habíamos reservado, el Willka Kuti Hostal, lo de Freddy, en la parte norte de la isla.

El hostal abrió hace siete meses. Está muy bien puesto, pero todavía le faltan detalles, como las barandas en el primer piso. Lo mejor del hostal es la ubicación envidiable que tiene: ¡está frente al lago! Nos sentamos en la entrada a tomar unos mates mientras veíamos el lago muy calmo y dejábamos nuestra mente volar.

La isla del sol es el lugar ideal para frenar la cabeza y el cuerpo; no hay persona que lo visite y no lamente el poder quedarse unos días más.

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En el camino hacia la parte sur de la isla

Hay un sendero que comunica la parte norte con la parte sur y en el camino hay ruinas de los indígenas que habitaron allí, una mesa hecha de piedra, y una roca sagrada en la que, según dicen, se puede ver el rostro del dios inca Wiracocha. Hay que pagar un bono para cruzar de la parte norte a la sur de alrededor de 10Bs. por persona. Es importante conservar el ticket porque se puede volver a usar en caso de volver a cruzar.

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En total nos quedamos dos noches. El sol salió todos los días, sobre todo a la tarde donde era tal el calor que hacía que pudimos meternos al lago un ratito y solo los pies, porque al estar a tanta altura el agua es muy fría. En las noches, en cambio, llovía siempre. Fue un alivio haber pasado las noches bajo techo; todos los que estaban acampando en la playa lo pasaron muy mal, a algunos incluso se les inundó la carpa y Freddy, el dueño del hostal, fue al rescate.

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En la isla no hay wifi. Freddy estaba chocho con Guille porque habíamos reservado la habitación por internet, y habíamos venido. El hostel lo había armado junto con su hermano. Freddy vive en la isla junto con su mujer y sus tres hijos; todos ellos reciben a los viajeros, les calientan el agua para el mate y comparten lindas charlas. En una de esas conversaciones, mientras tomábamos mate frente al lago, nos compartieron su historia. Ella, Adela, se escondía tímida atrás de Freddy y le pedía a él que nos preguntara si estábamos casados, si teníamos hijos. Nos hablaron de su familia. Muy por lo bajo mencionaron que uno se sus hijos había fallecido. En tan solo unos minutos de charla, ellos y nosotros habíamos compartido nuestros mundos.

Así fue la estadía en la isla. Amanecer con un cielo nublado, volver de la caminata ardidos por un sol que lo quemaba todo. Sacarnos los borcegos, el buzo polar y meter los piecitos en el lago. Rodearnos de arena, comer sandwiches de queso y palta, probar “salchipapas”: salchichas fritas sobre papas fritas, ver vacas y chanchitos caminando por la playa. Nuestro primer contacto con Bolivia fue una lluvia de sensaciones. Nos sentimos abrazados y mimados por Bolivia; tierra que nos es tan ajena y a la vez tan propia.

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El muelle desde salen los barcos hasta Copacabana
Cae el sol
Cae el sol

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